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Domingo 31 de mayo de 2020

Norte Grande: Río Bermejo, puntal de una política de desarrollo del NEA-NOA

Sección
Integración
Fecha
8 de abril de 2020

Antonio J. Bosch *

En julio de 1985, en la revista de la Comisión Especial del Río Bermejo de la Cámara de Diputados, y con la expectativa de la naciente gestión del presidente Alfonsín, se publicaba la opinión de Antonio J. Bosch, recordado legislador y periodista chaqueño. Ni el presidente radical, ni el peronista Carlos Menem luego, cumplieron sus anuncios respecto de las obras en la alta cuenca, previamente postergadas sine die tras el notable congreso nacional reunido en Resistencia en 1956. Hoy funciona la Comisión Regional del Bermejo (CoReBe), nunca presidida por un chaqueño. Su aporte se limita a la observación del comportamiento de un río difícil en sus crecidas y en sus bajantes, pero fundamental para nuestra provincia, donde hoy abastece varios acueductos.

Las obras de regulación y aprovechamiento de los caudales del río Bermejo han sido quizá en nuestro país un termómetro de la frustración de la nación soñada. Cuando leemos una carta dirigida por Belgrano a Güemes, allá por 1817 -en la que lo estimulaba a la expedición al Chaco y a la exploración y navegación del Bermejo, a fin de poblar esos territorios, y con su habitual entusiasmo ardiente lo presentaba como una empresa de grandeza digna de esos épicos tiempos- y la contrastamos con las vacilaciones, extravíos y la acumulación de estudios sobre estudios que hoy se tornan en una verdadera maraña, entonces sentimos los argentinos una mezcla de vergüenza de nosotros mismos y de honda repulsa por quienes carecieron de parecida actitud de grandeza.

Entretanto, nuestras olvidadas provincias (Chaco, Formosa, Salta, Santiago del Estero, Jujuy, y en cierta medida Tucumán y Santa Fe) muestran indicadores de subdesarrollo lancinantes: las necesidades básicas insatisfechas, según esa eufemística calificación de la miseria social que utilizó un estudio reciente, oscila en el 50% de la población, frente a un 28% de promedio nacional (lo cual es también una desgarradora realidad de este país, antes mirado como el del “ganado y de las mieses”).

Frustración y urgencia

Los “bermejistas” configuran en el país una suerte de blanca y abierta logia, que publican y se leen mutuamente: acumulan paciencia, pena y también años y por fin se tornan irritables ante esa quizá inconsciente conspiración de silencio, ante el eco escaso que en punto a concreciones alcanzan sus evidentes verdades, sus propuestas fecundas.

Políticos, periodistas, estudiosos de toda laya -civiles y militares- han llegado a caracterizar una virtud de alto valor patriótico, que es la obstinación. Y no estará de más a este respecto decir de una vez que las grandes causas nacionales son el fruto madurado de una tensa obstinación, que en el caso del Bermejo se ha tornado en una dura prueba.

Los gobiernos pasan, los equipos estudian y reestudian, se desempolvan legajos y planos, y a cada relevo, la logia rehace sus fuerzas y vuelve a la carga con bríos renovados. Coincidente con el tiempo de la grandeza nacional llegará el del homenaje emocionado a estos tenaces alucinados que a su extraño modo “buscan el Reino de Dios y su justicia” y aún esperan la añadidura.

Es que saben -sabemos, me atrevo- que las obras de regulación y aprovechamiento del Bermejo llegarán a ser realidad, en la medida que el país se persuada de que debe sacudirse de un estancamiento suicida, revelado por la falta de crecimiento de su producto bruto interno durante los pasados 10 años, mientras que la población se acreció, en muy discretos niveles, en no menos de un 25%.

El modelo de país, pergeñado con menos precisión de la que se suele suponer, en la década de 1880/1890, ha quedado agotado, pues el crecimiento desmesurado de su metrópoli porteña ha derivado en una mera acumulación de miseria, desocupación y desesperanza. Es que la expresión de Martínez Estrada sobre una Argentina macrocefálica, es también un espejismo.

En 1985 tenemos un país espástico, con una cabeza enferma y un cuerpo deforme. Y no se atisba el proyecto global alternativo, ni siquiera como utópico anhelo, de esos que fuerzan a gobiernos y estamentos sociopolíticos a una competencia de imaginación y propuesta. Todo parece agotarse en alquimias del corto plazo para encontrar fórmulas milagrosas de índole financiera, en la secreta convicción de que todo es más o menos inútil: la deuda externa es en el país actual impagable para los argentinos, e incobrable para nuestros rapaces acreedores, en la medida que ellos -y nosotros- asumimos ese compromiso como solución para una crisis financiera mundial, entre 1977 y 1980. Esa crisis que hoy pasa su factura no puede ser afrontada por naciones que disminuyeron su producción, quedando rezagadas en tecnología, y vieron la obsolescencia de sus equipamientos industriales en una alegre ficción de “plata dulce” e importaciones de baratijas y viajes subsidiados.

Agua y desarrollo

Nuestro país, a través del gobierno radical, parece haber acometido la tarea de quebrar el estancamiento mediante una estrategia consistente en mejorar su balanza de pagos con un incremento de las exportaciones por dos vías: aumento de la producción de granos y saldos petroleros (eventualmente gasíferos) cuya demanda mundial es segura, aun con el riesgo de precios descendentes, según sucede en este momento. Parece confiarse en que los saldos permitirán una acumulación suficiente como para ampliar la base productiva y tecnológica con la ayuda de inversiones externas.

La crítica de este modelo excede el marco de una modesta nota como es ésta. Pero sí es oportuno señalar que cualquiera fuera el resultado de la estrategia, ella finca en el aumento de la producción agrícola y energética, que tienen como limitante esencial la disponibilidad de suelos fértiles y de agua, ese factor a la vez escaso y abundante, en dramática alternancia, en nuestro país.

La Pampa Húmeda es el asiento del modelo agroexportador y generador de la macrocefalia, por el doble efecto de un puerto que aspira toda la producción y por la marginalidad que fuerza al resto del país y que deja como resultado indeseado pero no menos real la expulsión de población en las 11 o 12 provincias periféricas. Una Pampa Húmeda carente ya de posibilidades de ampliar fronteras agropecuarias y sujeta a un régimen rígido de tenencia de la tierra, con suelos riquísimos pero largamente utilizados, y que demandan cada vez mayor tecnología y fertilizantes para acrecer la productividad, siempre en el límite de la rentabilidad.

La ampliación de la frontera agropecuaria tropieza con ese factor limitante que es el agua. Y he aquí que el Bermejo, con sus 25 millones de hectáreas en su zona de influencia, se presenta como el área que ofrece no ya digamos discretas, sino sobresalientes posibilidades.

He aquí por fin la clave de toda esta magna empresa nacional y latinoamericana que tiene su epicentro en las obras de regulación y aprovechamiento del Bermejo, según los lineamientos del Plan Portillo (1956). Se trata nada menos que de duplicar virtualmente la Pampa Húmeda, con ventajas y desventajas, por supuesto, pero con indudables ganancias para el conjunto nacional y con una ejemplar postura de protagonismo para nuestro país.

Se ha dicho que la Pampa Húmeda es la mayor de las obras de la gran llanura chaqueña. En rigor, según surge de una mirada a los mapas, la llanura se extiende desde los contrafuertes andinos hasta el río Paraná y desde el Mato Grosso hasta las sierras del sur de la provincia de Buenos Aires. En su centro mismo se ubica la cuenca del Bermejo, que hace posible también las comunicaciones navales por sus canales proyectados y aun interconexiones con la cuenca amazónica. Las ventajas de climas diversos que se extenderían en tan variadas latitudes y con el enorme potencial de irradiación solar no tienen paralelo sino tal vez en las llanuras del Medio Oeste norteamericano.

Pero siempre con la limitación del agua, en tanto abunda y falta estacionalmente. En 1983 el Bermejo arrastró por momentos 5.000 metros cúbicos por segundo en Presidencia Roca. Desbordó sobre la llanura chaqueña y provocó daños ingentes. El Pico del Chaco, entretanto, padecía una de esas sequías crónicas que han tornado en un erial esos suelos profundos que podrían brindar cosechas óptimas con un riego complementario, equivalente a unos 400 milímetros anuales. Similar oferta de energía solar y de falencias hídricas se ofrecen en el norte santiagueño, en el oeste de Formosa y en el oriente salteño. No es exagerado suponer que en esas 20 a 25 millones de hectáreas hay recursos naturales disponibles para reproducir el fenómeno de desarrollo y poblamiento de la Pampa Húmeda.

Pero el criterio tradicional debe variarse. No se trata de atacar una o más obras como acciones puntuales, sujetas a los criterios de rentabilidad que surgen de una pura ecuación costo-beneficio, como se proyecta una usina eléctrica o como se acota una obra vial. Cabe aquí una digresión: si se hubiera aplicado ese criterio de rentabilidad económica, no se hubieran construido los ferrocarriles argentinos en las tres últimas décadas del siglo XIX y las dos primeras del presente.

Este criterio puntual se contrapone con el carácter permisivo que tienen ciertas obras y trabajos públicos. El agua como factor limitante, como medio de transporte y de producción energética, como peligro latente de inundaciones o -por ausencia ocasional- de mortales sequías, debe ser manipulada en el contexto de un gran plan de desarrollo territorial que, con definidos objetivos visualizados a priori, articule prioridades, detecte y aplique recursos financieros y posibilite el retorno de esos recursos, no ya en forma de tarifas, cánones o fletes, sino de volúmenes de producción que se traducen en divisas, impuestos, trabajo permanente, radicación de poblaciones, equipamiento social e infraestructura urbana y rural.

Además, otro dato que jamás surgirá de ningún cálculo contable del coeficiente costo-beneficio, será el de la integración continental que el proyecto Bermejo implicará en su ejecución, según la concepción que sustentara Portillo. Y sin embargo esa será, sin duda, una realidad tan beneficiosa que representará también datos de la historia y de la geografía, de peso incuestionable.

No hay duda de que el criterio de la rentabilidad puntual ha acumulado frustraciones que hemos descrito con un poco de irritada sorna. Y es frecuente que se acepte a veces con ligereza el cambio de escala en que se incurre al estudiar la factibilidad de estos emprendimientos. En esta instancia democrática que vive el país, hay que asumir la sobria grandeza de superar respetables pero insuficientes criterios de rentabilidad puntual, e incorporar la suma de variables a una ecuación muchísimo más compleja y fascinante, que incluye valores tales como desarrollo territorial, integración supranacional, ampliación magna de nuestras áreas cultivables y apropiación real de los recursos de energía solar, agua, suelo y vegetación al trabajo de varias generaciones de argentinos en expectativa.

Belgrano, entre los pioneros

«La navegación del Bermejo es la única capaz de poner a esa provincia en el estado de mayor prosperidad» (Carta de Manuel Belgrano a Martín Güemes desde Tucumán, 26 de septiembre de 1817, citada en Epistolario Belgraniano, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 1970, pág. 317)

El franciscano fray Francisco Murillo fue el primero en dirigir una navegación por el Bermejo, en 1780; el coronel José de Arenales escribió “Noticias sobre el gran país del Chaco y el río Bermejo” en 1830; el comerciante Ceyney Hickman llevó la chata “El Mataco”, de 120 toneladas de porte, cargada de cedro, desde Salta hasta Corrientes en 1855; el expedicionario Fontán fundó la “Nueva Palmira” (hoy Rivadavia) en 1862; Felipe Saravia, un año más tarde, navegó por primera vez el principal brazo del río, que los Indios llamaban “Teuco”; y tantos más. Desde su mismo descubrimiento, la navegación del Bermejo preocupó a muchos dirigentes: sacerdotes, militares, comerciantes, marinos, exploradores, que hicieron expediciones, realizaron estudios y a veces arriesgaron sus patrimonios y hasta sus vidas para lograr un tránsito regular en el río.

Belgrano, una de las mentes más brillantes del Consulado, aspiraba al reconocimiento y canalización del Bermejo para habilitar su navegación y facilitar el comercio regional. Ya en 1798 había promovido la navegación del Paraguay, y en 1810 señaló las ventajas de la canalización del río Tercero para facilitar el camino de Córdoba a Buenos Aires. En razón de la situación y las características de nuestro territorio, desde el inicio y en toda su gestión formuló propuestas de “navegación para el desarrollo”.

En su periódico Correo de Comercio dedicó secciones a la navegación, a estudios sobre población y navegación, se extendió sobre la trascendencia de los puertos, de la construcción de barcos, de una marina mercante y otra de guerra, pidió la instalación de una fábrica de “lonas y toda especie de jarcias”, explicó la necesidad del seguro marítimo, y publicó suplementos sobre la entrada y la salida de barcos de los puertos de Buenos Aires y de Montevideo y el detalle de sus cargamentos, procedencia y destino. En la oscura noche de las frustraciones del Bermejo, el creador de la bandera sigue siendo una luminosa guía.

Un proyecto ambicioso

El río Bermejo nace en el departamento de Tarija, en Bolivia, y por más de 70 km forma la frontera entre la Argentina y Bolivia. También recorre todo el límite entre el Chaco y Formosa --luego de pasar por Jujuy y Salta-- hasta desembocar en aguas del Paraguay frente a la localidad de Pilar.

El sistema fluvial “Bermejo-Teuco” recorre 1.450 km, uno de los más importantes de la Argentina, y es el mayor productor de sedimentos de todos los ríos de América: aporta más del 80% del material sólido que transportan el Paraná Medio y el Río de la Plata. La canalización y posterior dragado del curso del Bermejo disminuiría los costos de mantenimiento del canal del río Paraná, dado que el primero arrastra gran cantidad de limo que se asienta en el canal del curso mayor.

El proyecto de canalización consistía en la construcción de dos cursos navegables de 728 y de 1.000 km de longitud que desembocarían en el Alto Paraná y Paraná Medio. Ambos canales serían alimentados por seis diques que embalsarían 9.500 millones de m3 de agua. En sus exclusas se construirían seis centrales hidroeléctricas con capacidad para suministrar 3089 millones de kw/h/año, lo que contribuiría al crecimiento industrial de la región.

Los canales tendrían una capacidad inédita como elemento de transporte (110 millones toneladas al año) con fletes mucho más baratos que los del ferrocarril y las carreteras. El área de influencia del Bermejo permitiría crecer en el rubro agropecuario, dado que en una primera etapa se preveía el regadío de más de 780.000 hectáreas. Unas doscientas poblaciones se beneficiarían con el suministro de agua potable. Permitiría la Reforestación en las provincias de Santiago del Estero y Chaco, proveedoras del quebracho utilizado para durmientes de todos los ramales ferroviarios del país, y de postes que sostienen gran parte del alumbrado público en todo el territorio nacional

Además, prevé el escurrimiento de las aguas del Salado hacia el Paraná de forma ordenada, evitando el derrame de su cauce: el Bermejo atraviesa el llamado corazón del Chaco santiagueño-formoseño, zona semiárida que con el manejo de esas aguas podría generar áreas bajo regadío y aumentar la productividad, además de la disponibilidad de agua que serviría al abastecimiento de las localidades aledañas. Por último, a nivel internacional mediante sistema combinado ferro-fluvial, permitiría la intercomunicación Pacífico-Atlántico.

* Fue funcionario legislativo en el Chaco. Miembro fundador del Centro para el Desarrollo Hídrico del Chaco. Legislador provincial entre 1973 y 1976. En tal carácter presidió la Comisión de Hacienda, Presupuesto y Obras Públicas. Publicó numerosos artículos sobre temas hídricos y específicamente sobre las obras de aprovechamiento del río Bermejo, sustentando una postura de rápida implementación a partir de un concepto gradual en el marco de un gran proyecto de desarrollo territorial.

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