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Martes 20 de agosto de 2019

Mercosur-UE: Adiós a los falsos dilemas

Sección
Integración
Fecha
12 de agosto de 2019

José Vasconcelos*

La reorganización de la economía que impone el posible acuerdo con la Unión Europea debería contener antídotos para el conflicto entre mercado interno y exportaciones.

Aunque no hay efectos inmediatos en el plano operativo para las empresas tras el anuncio del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea (UE), su posible implementación abre un nuevo escenario, menos abstracto para el debate de opciones de política.

Las voces más críticas al anuncio son las que tienden a defender las gestiones que culminaron en 2015 y enfatizan el rol del mercado interno, la importancia del sector industrial y la conveniencia de manufacturar materias primas antes de exportarlas.

Sin embargo, si la Argentina se apartara de estas negociaciones, quedaría al margen del Mercosur, por lo que para las empresas locales el mercado se achicaría, ya que dejarían de tener acceso preferencial a Uruguay, a Brasil y a Paraguay.

En los otros aspectos, ¿qué tienen para mostrar aquellas políticas? Con indicadores de 2004 a 2015: estancamiento en la participación de las exportaciones de la agroindustria en el total mundial, mientras Brasil avanzaba a paso firme, e involución en todos los terrenos del sector industrial.

Los datos no avalan la idea de repetir políticas que se aplicaron hasta 2015, ni de mantener al Mercosur tal como ahora, mientras que la eventual asociación con la Unión Europea abre oportunidades siempre que se encaren reformas locales que, de todos modos, habría que llevar adelante.

El conflicto entre mercado interno y exportaciones se agudizó en años anteriores por el tipo de políticas que se llevó adelante, pero sería un falso dilema si la economía argentina se reorganizara en función de los parámetros que impone un acuerdo con la Unión Europea.

El ciclo de parada, arranque y vuelta a parar del producto interno bruto (PIB), a lo largo de la estanflación de los últimos ocho años, refleja el fracaso de los tirones a la demanda (el mercado interno) que se han intentado en forma recurrente. Y esto ocurrió por la falta de reacción de la oferta (inversión, empleo y productividad), lo que canalizó esos impulsos hacia más inflación o auge de importaciones.

Al no lograr que la oferta respondiera con nuevas inversiones, aquellos estímulos terminaron desequilibrando la macroeconomía, y la corrección a los déficits fiscal y externo la impuso el mercado con las devaluaciones de 2013, de 2015 y de 2018.

Cada salto del tipo de cambio, a su vez, generó una tímida reacción de las exportaciones (2019 podría ser una excepción), por lo que el ajuste externo se terminó haciendo con caída de importaciones, que es sinónimo de recesión. Y la salida se complicó u obligó a malas medidas (impuestos a las exportaciones), porque la contracción del mercado interno agrava los problemas fiscales por la merma de la recaudación impositiva.

Viejo conocido

Estos fenómenos no son nuevos en la Argentina, pero el ciclo se ha agravado por el incremento fuera de escala que tuvo el gasto público desde 2003. Existen límites empíricos para esa variable medida en divisas, que fueron rebasados a partir de 2010/2011, y se llegó en 2015 a un presupuesto consolidado de Nación y provincias que multiplicaba por 2,7 veces el monto de 2001, medido en moneda dura (canasta de dólar, euro, yuan y real) , según un estudio de Marcelo Capello, presidente de Ieral de Fundación Mediterránea.

El exceso de gasto público medido en divisas introduce presiones devaluatorias adicionales que, al eclosionar, contraen el mercado interno. Una paradoja, ya que esa política fiscal desaprensiva se aplicó con la excusa de sostener el consumo.

En 2019, las presiones devaluatorias de este origen han cedido en el margen, ya que, por un mayor control del gasto y por la devaluación de 2018, el tamaño del Estado, medido en divisas, se ha aligerado 35 por ciento respecto de 2015, pero todavía pesa 80 por ciento más que en 2001, lo que hace inestable cualquier equilibrio.

La reorganización de la economía que impone el posible acuerdo con la Unión Europea debería contener antídotos para el conflicto entre mercado interno y exportaciones, para que este pase a ser un falso dilema y cada nuevo intento de expansión de la demanda deje de ser el preanuncio de futuras devaluaciones.

Algunos avances para tener en cuenta son:

Reducción progresiva del sesgo antiexportador, con un mercado cambiario unificado y recorte de los impuestos distorsivos (Ingresos Brutos, retenciones y demás). De este modo, el país estará en condiciones de atraer inversiones que, bajo las nuevas reglas de juego, elaborarán productos atendiendo indistintamente a la demanda local, la regional y la de terceros mercados. Los ciclos se suavizan cuando las firmas tienen más de una opción para la venta de sus bienes y servicios.

Reconfiguración del sector público en sus tres jurisdicciones, con control estricto de los gastos corrientes y creciente ponderación de las partidas destinadas a salud, a educación, a seguridad y a obra pública, como requisitos para más inversión privada.

Un mercado laboral cuyo centro de gravedad se mueva hacia lo formal (no se puede operar de manera informal en comercio exterior), con convenios atados a productividad. Exportar por competitividad y no por devaluaciones fortalece al mercado interno: en Chile, el salario real subió 26 por ciento en los últimos 10 años, mientras cayó tres por ciento en la Argentina

No es honesto cuestionar el acuerdo Mercosur-UE con el espejo retrovisor.

En la Argentina, la participación de la industria en el PIB se encogió de 18,9 a 17,4 por ciento entre 2004 y 2015. Y en manufacturas de origen industrial, las exportaciones pasaron de capturar 23 centavos de cada 100 dólares de ventas mundiales en 2004 a sólo 16 centavos en 2015.

En cuanto a “industrializar materias primas”, no hubo avances de 2004 a 2015, ya que las exportaciones de manufacturas de origen agropecuario mantienen igual proporción en relación con los productos primarios.

Para peor, las retenciones y las restricciones al comercio exterior hicieron que el market share de la Argentina en productos agroindustriales se estancara en 2,6 por ciento de las exportaciones mundiales en el mismo lapso, mientras Brasil pasaba de 4,6 a 5,8 por ciento, aprovechando mejor el boom de las commodities.

* Vicepresidente del Ieral de la Fundación Mediterránea

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