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Lunes 23 de octubre de 2017

Cuando lo dulce es amargo

Sección
Opinión
Fecha
30 de agosto de 2017

La naturaleza está llena no sólo de venenos, sino también de substancias en apariencia inocuas que pueden convertirse en peligrosas. Es que, entre otras cosas, en sus diversas manifestaciones ella misma, la naturaleza, entraña peligros. Claro está que mirada con ojos humanos, los nuestros. Quienes, según como sea, somos su elemento más perturbador, destructor y hasta "terricida" aunque, contradictorios como somos, también está en nuestras manos movernos en dirección contraria, de manera de convertir la tierra en un hogar amigable, y dejar de ser depredadores para reconvertirnos en sus custodios.

Por otra parte, no somos del todo conscientes de que por momentos, y aun en nuestros comportamientos en apariencia más inocentes, se potencializan acciones con aptitud para conducirnos a una suerte de suicidio colectivo. Todo ello en gran parte por causa de "nuestra falta de medida", o sea de nuestra desmesura, la que no tenemos en claro si es un pecado tan grande como la soberbia, o si no es tan solo un componente de esa persistente actitud perversa de los hombres.

Todo lo cual viene a cuento, después de la lectura de un texto que alude a situaciones que nos resultan familiares, dado que de ellas somos víctimas, cuando no asumimos simultáneamente el rol de victimarios. Es así como hemos podido leer en una nota que a continuación transcribimos parcialmente, para luego someterla a un tratamiento de glosa a picotones, la referencia a una substancia "que es uno de los primeros motores del comercio global y origen de un sangriento legado de explotación. Durante décadas, apreciado y vilipendiado a partes iguales, su carácter adictivo preocupa a las autoridades de salud pública por sus efectos en la calidad y la expectativa de vida de los ciudadanos. Una industria gigantesca edificada sobre un producto cada vez más cuestionado por los consumidores y los Gobiernos por sus efectos para la salud."

Se trata de un enunciado que puede aplicarse a diversos sectores de la producción y consumo humano. Alguien válidamente puede suponer que se habla del alcohol, otros de los estupefacientes, y los más –así lo supone el autor de la nota- al tabaco.

Sin embargo, de haber pensado en cualquiera de esas alternativas, como si tratara de un juego de adivinanzas, nadie habría acertado y todos en consecuencia habrían errado. No por el hecho que cualquiera de esas elecciones hubiera sido disparatada, ya que según lo hemos señalado todas ellas resultan razonables, en cuanto, como se ha destacado,el texto transcripto puede ser válidamente aplicable para hacer referencia a múltiples casos o situaciones, sino porque se hace necesario forzar la imaginación para intuir que, en este caso,la nota se ocupa del azúcar.

Para señalar, en una forma que hasta da una primera impresión de mostrase tremebunda, que "el azúcar es el tabaco del siglo XXI". Para agregar, trayendo a colación los dichos de un especialista, que "la situación de la industria de alimentos y bebidas azucaradas es comparable a la industria tabacalera en el año 2000, en la medida que los consumidores se vuelven más y más conscientes de los efectos de su exceso en la salud".

Se hace bien en precisar que lo grave reside en su consumo excesivo, o sea en las desmesura en su ingesta, con lo que fácilmente puede vincularse la situación descripta con lo que indicábamos al principio. Y dado lo cual no puede decirse que no existe contradicción entre esa equiparación del consumo de azúcar con el tabaco con lo que se señala en la misma nota, cuando en ella se advierte lo que cabe considerar obvio.

Es cuando se apunta que nuestro cuerpo necesita en realidad no precisamente de azúcar, ni de sacarosa -el nombre científico del azúcar refinado, sino de la glucosa. Añadiéndose que este es uno de los combustibles fundamentales para nuestro organismo,ya que nuestros músculos, nuestro cerebro y otros órganos necesitan glucosa para funcionar.Porque si bien al azúcar cabe considerarlo como un combustible que hace funcionar nuestra máquina humana, comer alimentos que contienen mucho azúcar o echárselo a la comida es como lanzar combustible al fuego.

Sobre todo teniendo en cuenta que nuestro organismo, gracias a todas las bacterias existentes en nuestro aparato digestivo, está más que equipado para extraer glucosa de casi todo lo que comemos.

En la nota en cuestión, a pesar de lo hasta aquí transcripto y glosado, parece ponerse el acento sobre el futuro de la industria azucarera, el que no debe ser el principal objeto de atención, sino que en realidad no es el problema, ni lo tiene.

Es que, lo que está faltando, a pesar de lo que se viene haciendo, es profundizar la campaña contra el excesivo consumo de azúcar, en el cual debe verse una de las principales causas de la obesidad y que en muchas de las sociedades contemporáneas, incluyendo la nuestra, se está tomando conciencia de lo que realmente es resulta, ni más ni menos, que una enfermedad.

Una enfermedad que no es silenciosa como la diabetes, ya que resulta ostensible, aunque sus portadores no la tomen por tal, algo que en este mundo de contradicciones y paradojas se hace presente con otros males que parecen encontrarse en las antípodas, como son la anorexia y la bulimia. Pero que no se puede pasar por alto que para la Organización Mundial de la Salud ha alcanzado ya el "nivel de epidemia".

Situación cuya superación está ligada en lo fundamental a un remedio que no es un costoso producto farmacéutico, sino que solo exige educación. O lo que es lo mismo una información que alcance niveles de superación, y una motivación internalizada en nuestra conciencia, edificada sobre todo en cambio de hábitos, que se vean fortalecidos por la disciplina.

De donde partiendo de la equiparación relativa entre el azúcar y el tabaco, profundizar en la utilización de los mecanismos que en procura de la disminución de este último ya han dado, y están dando, buenos resultados. Al igual cabría agregar, lo que ocurrió en la década delos ochenta del siglo pasado en lo que se refería al consumo de grasas.

Y aquí también la acción estatal puede contribuir a avanzar en el antedicho camino por distintas vías. La primera, haciendo suya la implementación eficaz de una política educativa en la materia. A lo que debería añadirse –algo que le resultaría fácil dada su voracidad en materia fiscal- ver la forma de aplicar impuestos de mayor cuantía a los productos que en su elaboración industrial incorporen el azúcar en demasía, como manera de desalentar su consumo.

Algo que no es una ocurrencia nuestra, si se tiene en cuenta que ya el año pasado la Organización Mundial pidió públicamente a los gobierno, a través nada menos que el director del organismo para enfermedades no contagiosas, la aplicación de un impuesto especial –que duela a los consumidores como en el caso del cigarrillo- a las bebidas azucaradas.

Todo lo cual nos puede llevar a concluir que contra lo que se piensa, también lo dulce, puede terminar teniendo un sabor amargo.

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